“YO BUSCO FORMAS DE SEGUIR MOLESTANDO”

Lautaro Ortiz

Por Lautaro Ortiz

Fuente: De Página 12

Javier Chiabrando, entre la novela negra, la narración juvenil y la música

Después de una pausa de tres temporadas, vuelve con el Festival Azabache, que se zambulle en el terreno de la novela negra. Pero en su universo pueden encontrarse cuestiones que llegan hasta los irónicos videos en los que emula a un coach de Cambiemos.

Lectores y críticos lo reconocen por sus novelas Los hijos de Saturno, Todavía no cumplí cincuenta años y ya estoy muerto, Caza Mayor, La novela verdadera, el ensayo Querer escribir, poder escribir, pero también por ser creador del Festival Azabache, que este año volverá a realizarse en forma de Congreso. Y está el reconocimiento del público juvenil por sus libros de aventuras, y el de quienes leen sus columnas periodísticas en RosarioI12, y el de internautas que lo siguen por sus videos donde parodia a un coach que instruye a dirigentes de Cambiemos. Y si hacía falta algo más, se ganó el respeto de los músicos al grabar el disco Etcétera, como guitarrista y compositor de temas que van del corazón del jazz al alma del blues. Javier Chiabrando (1961) responde con descarnada sinceridad: “Soy un busca. No me interesa el formato ni hacerme el artista. Puedo dejar de hacer casi todo si una de esas formas de expresión me sirve para seguir molestando”.

Santefecino, incansable, amante –como diría Tuñón– de “la amistad tranquila, la mesa clara y el buen hablar”, el molesto Chiabrando sabe que la tarea realizada es mucha y por eso empieza por largar datos en el bar Barcelona de Mar del Plata: “Vuelve Azabache” anuncia y dice que el encuentro de escritores (creado en 2011 y suspendido por el cambio de autoridades en 2015), tendrá una sexta etapa: “Crearlo fue una forma de traer el ambiente literario y editorial a casa. Y funcionó. Fueron cinco versiones muy buenas, algunas extraordinarias. Como tantas cosas culturales en el país, se discontinuó. Volvemos a fin de año como Congreso Azabache, con el apoyo de una universidad privada. Todo un desafío, pero cuento con la historia previa, y muchos amigos con ganas de participar”.

La segunda noticia es el inminente regreso del inspector Goya, ese petiso malevo “dueño de una agencia de averiguación de datos, una versión del S.XXI de la alcahuetería, el chusmerío y las delaciones de la intimidad entre otras delicatessen”, tal como lo presentó en Los hijos de Saturno, novela que, a pesar de desbordar el género policial, se editó en la colección Negro Absoluto, que publicará su segunda historia. “La idea era escribir al menos tres novelas con este personaje, un peleador, un mal arreado y casado con un minón que todos le quieren soplar. En esta segunda novela, cuyo tema es el olvido, Goya hace terapia de pareja, y tiene un desdoblamiento sicótico o algo así. Sigue siendo una mirada sobre la actualidad, el poder, lo pequeños que somos.”

—¿Cómo definiría al personaje?

—Goya es un papel arrastrado por el agua de lluvia, un tipo que apenas saca la cabeza del agua. Se hace fuerte cuando se refugia en su resentimiento. Es un petiso resentido, desde allí se construye su estatus de héroe. Ahí es imbatible, con las piñas o con las palabras. A la vez, se enmienda en su familia. Es su kriptonita. Este personaje nació como una especie de empacho de Mankell-Wallander y de los personajes aislados del mundo, infelices, a veces por motivos casi idiotas, sin reacción. Este no es más feliz, pero reacciona, patalea, busca respuestas. No necesariamente justicia, a veces busca revancha. Como haríamos nosotros, supongo.

—¿Cómo surgió lo del disco?

—Es un intento de mostrar las composiciones que escribí en mis años por Europa y Latinoamérica. Resume mis influencias: bossa, jazz, blues. Hay en todas una idea de viaje, de lugares y de épocas. Luego venía el desafío de tocar los temas de manera de quedar satisfecho, con improvisaciones que me gustaran, sumando amigos y timbres. El disco se llama así porque es un plus de las otras cosas que vengo haciendo: escribir novelas, ejercer el periodismo, organizar el Azabache. Como no me siento un intérprete, me planto como un tipo que canta sus cosas.

—¿Cómo analiza ese cruce entre música y literatura?

–El desafío es el mismo. Hay cosas que salen con naturalidad y otras que hay que pelear. En la música una melodía sale paveando, o tomando mate. La letra hay que buscarla, combinar, darle vueltas. La música tiene la complejidad de la técnica del instrumento y eso, pero cuando uno lo naturaliza, es simplemente decir algo. Igual, hay más chances de que te salga una canción de taquito que un cuento. Después está la letra, que a veces es poesía, a veces es parte de la música. Difícil es saber si lo que un considera ritmo en la música se traslada a la sintaxis del escritor.

—La escritura también tiene un ritmo en la vida…

—Claro. Yo empecé a escribir tarde pero me lo tomé en serio. Demoré en publicar. Escribía música, obras de teatro fallidas e historietas, que fueron parte de mi educación sentimental. Todavía no cumplí… la escribí muy rápido para La Sonrisa Vertical. De ahí su erotismo y violencia. A partir de allí todo se hizo un poco más sencillo. Cuando llegó el Festival Azabache, quedé metido de prepo en la movida negra. No era mi  intención…

—Hay en su escritura una libertad desaforada, un impulso vital por narrarlo todo.

–Porque me propuse salir de los modelos. Escribir lo que me salía. Olvidarme de la austeridad, de la parquedad, de la síntesis. En la literatura hay taras o dogmas que nadie sabe quién los promueve. Sacarse esas mochilas es un gran momento. Escribo lo que se me da la gana. Que al fin es lo que a uno le sale.

—Pero en Los hijos de Saturno hay un estructura chandleriana.

—Porque es el modelo que mejor le cae a mi obsesión por el argumento, y por las posibilidades del humor. Lo otro que me propongo es estirar el género hasta casi salirme. Por eso a ciertos lectores y colegas les cae mal. Pero me harté del investigador borracho y sin suerte con las minas. Y no me interesa escribir una novela donde aparece un cadáver y hay que buscar al asesino. Y menos el modelo de todos feos, sucios y malos. Porque creo, además, que la novela negra debe esforzarse para no repetirse, sino se va agotar. El modelo filosófico está, como en muchas otras novelas, pero escondido en lo argumental, o sobre las espaldas de algún personaje. Es una clave solo para lectores curiosos. Pero la idea de fondo es que sobrevivir es todo un trabajo.

–¿De qué manera piensa la novela como instrumento de narración?

—Es el todo. Es el lugar donde podés mirar hacia los costados siempre. Y además lo hago con una actitud del estilo “que el lector se joda”, o que se esfuerce. Me gusta el escritor que se pone el mundo (o el país) sobre las espaldas. Eso lleva a escribir la historia que creaste y a la vez el entorno, la época. El riesgo es ponerse pesado, pero sin riesgos no hay resultados sino repeticiones. A la vez tengo una obsesión por lo argumental. En ese sentido soy un hombre del siglo XIX. Por un lado porque generar un buen argumento es difícil, y un buen argumento es lo que uno más recuerda, y a la vez lo que uno le puede contar a un amigo. Pero también porque creo que hoy ser clásico es casi revolucionario. Una novela con veinte personajes o más, donde todos tengan una función en la historia, y que a la vez sean clausurados al fin de la novela, es un gran desafío.

—Ya publicó Dos miserables besos y El capitán Gamboa y la cruz de Cuzco, ¿qué viene ahora en el  terreno de la novelas juveniles?

—Ahora sale la primera de Las aventuras del Ñato: El fantasma del Estadio (Del Naranjo). Es un cambio de enfoque, aunque el desafío es el mismo que una novela de adultos o una canción: sentarse y laburar. Una forma de salir del mundo cerrado de la novela negra.

—¿Qué pasa con la escritura periodística?

—Ahora se edita La argentina disecada, en base a las notas del diario. Con la escritura periodística aprendí lo que me faltaba entender por otros medios. Si se lee una contratapa mía y Los hijos de Saturno se ve que es el mismo narrador, irónico, con humor, pero a la vez que intenta no comerse ninguna ni que la risa le empañe el vidrio.

—¿Cómo fue el desafío de los videos del coach de Cambiemos?

—Un día iba manejando y se me pasó por la cabeza esa manía que tiene el gobierno de “coachear” las cosas que hace y dice y se me ocurrió hacer una parodia. Prendí el “celu” y me grabé. Luego unifiqué todo pensando en “coachear” al mejor equipo de los últimos 50 años para que aprendieran una canción que se contraponga las que se cantan en las canchas. Mi hija me explicó algunos secretos de los youtubers y arrancamos. El desafío es ver si logro unificar todo esto en  algún formato en vivo.

 Ver: https://www.pagina12.com.ar/120770-yo-busco-formas-de-seguir-molestando

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