SOBRE EL VERBO DOMESTICAR

A Fernanda Sánchez

 

I

Sentada en la banca de un parque, frente al juego de frisbee entre un hombre y un border terrier, María Chucena comprende cuánto envidia a ese perro. A ese y a casi todos los perros. Es tan tonto sentir algo así que se ruboriza. Se pone las gafas de sol por si alguien nota en su mirada la dulzura de la envidia y retoma la lectura de un libro de John Gray. Sí, claro: Los hombres son de Marte, las mujeres son de Venus. ¿Cuál más podía ser? Sí, también: lo forró con papel contac marrón para que nadie sepa que tiene problemas de pareja.

Chucena observa al perro. En verdad quisiera estar en su lugar. No es que quiera tener pulgas, lamerse el rabo, perseguir gatos o comer carne cruda. ¿Qué es, entonces? ¿Qué tiene exactamente el perro que María no tenga? El perro corretea al hombre. Lo tumba en el césped y lame su cara. El hombre es feliz. El perro es feliz. Chucena no quiere leer. Solo desea jugar frisbee. ¿Es eso?

 

II

Rolando tiene rato despierto. María Chucena también. Hace días cada uno retiró a sus diplomáticos de la embajada de la cama. De la cama y de la casa. Hay tensión. El silencio huele a orgullo, cansancio y chantaje. Ninguno cede. Tan confiados están en el amor que lo asedian. Rolando se levanta, toma una ducha y prepara café. Lleva una taza de café a María. Es su forma de decirle que aunque esté lejos, está con ella. La mujer la recibe; es su forma de ocultar que no quiere la taza de café sino la mano de Rolando, el brazo de Rolando, el cuerpo de Rolando. Ahí, tumbada boca arriba en la cama, es cuando María comprende porqué envidia tanto al border terrier del parque.

 

III

María Chucena sueña que está en el campo. Camina entre un sembradío de flores de manzanilla. Escucha una conversación al pie de un baobab. Son un zorro y un niño rubio con ropa de aviador.

            —¿Qué es domesticar? —Le pregunta el niño.

            —Es una cosa ya olvidada —dice el zorro—. Significa crear vínculos.

            —¿Crear vínculos?

            —Efectivamente, verás —dice el zorro—. Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil muchachitos y no te necesito para nada. Tampoco tú tienes necesidad de mí y no soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo…

 

IV

María Chucena despierta. ¡Lo que envidia no es al perro: es el vínculo entre el hombre y el border terrier! Un absoluto. Una veneración tan ordinaria que nadie sospecharía que puede llegar a ser de los amores más puros y totales. Entre un ser humano y un perro no hay nada confuso. Es un hecho, una ternura definitiva. Nada lo cambia. El amor se da sin estrategias. Entre el hombre y el perro, ninguno dosifica su atención para despertar interés en el otro, como tampoco se reservan el afecto y los mimos. Ninguno mide cuánto da porque no hay temor a ser burlado. Y por supuesto, ni el perro ni el hombre se ignoran entre sí. Por ejemplo, el hombre del parque jamás castigaría con su silencio al border terrier si orina fuera de lugar, ni el border terrier maltrataría con la ley del hielo al hombre del parque si cambia su menú. Nadie ha visto a un perro leyendo los hombres son de Marte, los perros son de Urano para compenetrarse y comunicarse con su dueño aun cuando el hombre habla y el perro ladra. Tampoco se ha visto a un hombre buscar en google “cómo recuperar mi relación con mi perro”.

La confianza entre ambos es recíproca. Ninguno desconfía del otro ni atenta contra su salud mental. Así de perfecto es ese amor. El hombre del parque se deja lamer la cara del perro; el perro se deja lavar los dientes del hombre. No hay asco. No hay reproche. No existen guerras ni armisticios. No hay ofensas. Ni mala comunicación. Ni el perro deja en visto los mensajes del hombre ni el hombre evita a su perro y entra de incógnito a su Facebook.

Es que un perro jamás, jamás, podrá fingir que ama. Y un hombre, aunque le haga creer a una mujer que la ama, jamás podrá fingir que ama a su perro.

 

V

Domesticar: la misma cadena que lleva atada el perro en su cuello, es la misma cadena que lleva atada el hombre en su corazón. Ninguno siente vergüenza de estar atado el uno al otro.

 

VI

En el sofá, María mordisquea un chocolate y termina de leer Los hombres son de Marte, las mujeres son de Venus. Ahora entiende más todo, pero justo en este instante no sabe cómo dar el primer paso. Alguien abre la puerta de la casa con expresión satisfecha. Es el hombre del parque, Rolando, y su hermoso border terrier, Paco. El perro se sube al sofá y juega un poco con María Chucena. En cambio, Rolando no sabe qué hacer con la sonrisa que trae del parque y la esconde en una improvisada amargura. María sirve agua a Paco y le acaricia el lomo. Rolando eructa un “hola” y pasa de largo a la ducha. En ese triángulo amoroso entre Rolando, Chucena y Paco, es el perro quien recibe el amor que la mujer y el hombre todavía no parecen estar dispuestos a entregarse. Aunque los una un anillo de bodas y un mismo lenguaje, cuando están enojados la mujer no es más que una mujer igual a otras cien mil mujeres, y el hombre es un hombre más entre cien mil otros semejantes.

Fuente: Sol Linares Blog

Compártelo: