Sobre «Desviada para siempre» de Yanuva León

Creo que hay distintas formas de abordar la interpretación de un texto poético. Entre ellas, se me vienen tres a la mente: el odio, el afecto y el fin panfletista. En esta oportunidad puede que me ganen varios móviles, tanto el amor como la necesidad de compartir un asombro.

Aunque las razones para justificar el acto de escribir sean múltiples, el fin último que conduce mi voluntad no es más que el acto de compartir un asombro, describirlo y detallarlo con afán fenomenologista (que, por cierto, es un tono que está presente en la hechura de este libro).

Mientras escribo y pienso en Desviada para siempre (Senzala, 2019) me asalta la interrogante, ¿es válido juzgar una obra tan rápido, acaso la creadora no se tomó suficiente tiempo para pensar su arquitectura, diseñarla y plasmarla para que venga yo a “entrever” en su confección?, a veces no me parece del todo justo. Es por ello que esto no es más que una lectura muy personal y afectiva; vaya aquí mi intento de acupuntura sobre un cuerpo curado.

Yanuva lanzó una palabra, la ha proyectado muy alto para luego verla caer y soltar más palabras. En la caída se fue deshilando como una bola de estambre lanzada por el dios de las palabras; aún veo a la divinidad enumerando lo que lleva en su catabre de vocablos y abecés o palabraelementos.

Desde hace tiempo me ronda la idea que le quitaría el sueño a Walter Benjamin: revivir las imágenes muertas, así como revivir las palabras muertas. La función del —por momentos— tratadillo de ética de Yanuva es similar: revivir el lenguaje, tan propenso en estos tiempos  (sin caer desde luego en el moralismo estúpido) a empobrecerse.

En este libro hay algo de invocación mitológica, de líquido amniótico, de argamasa para la vida. Hay una fábula interna que esboza una cosmovisión. En Desviada para siempre el tiempo es líquido (según se va mostrando palabra a palabra, elemento a elemento), se escurre entre las manos, así como se destilan vocablos por un fuego de ingenio que hace regurgitar cangrejos de oro que llamamos palabras; ¿de dónde salen?, provienen del océano recogido en el cráneo, ese hueso que sirve como membrana para hacer sonar el tambor que somos.

Pareciera que en ocasiones hay una mirada científica, pero no, es la mirada de una fenomenologista. (Una hipótesis: la intención era ver al mundo de una manera científica y terminó ganando el fuero interno); siento aires de neopanteismo y nuevo realismo que toma de las técnicas y estructuras poéticas de más reciente factura. Creo que Yanuva escuchó el consejo de Pere Gimferrer, para escribir poesía es necesario la experiencia y, por supuesto, “cerrar los ojos despacio como oprimiendo un rubí”.

La palabra y los elementos

Las divisiones de este libro tienen como función no definir su corpus, como suele hacerse, sino más bien ampliarlo. Yanuva cultiva su obsesión palabrera aprovechándose de la capacidad de permuta y cambalache que tienen todas las palabras e imágenes.

Desviada para siempre está compuesto o nombrado por palabras y elementos. Materia, y lo que nombra la materia. Aunque desde el punto de vista formal posee la estructura tradicional de las tres grandes partes, no podemos olvidar que los elementos son cuatro y Yanuva lo ha resuelto con mucha pericia y juego. Me explico: es un libro con tres estaciones y un pórtico que ha sido nombrado “fuego”, y esta antesala nos anuncia lo que viene; una genealogía de la palabra, lo humano y su destino en todos los lugares habitables por nombrar (y aprehender).

Desviada para siempre es un sueño de otro sueño, una cajita que guarda otra cajita, cada palabra tiene palabras dentro de sí, porque, parafraseando a Margaret Randall, Yanuva está consciente de que el poema es un rizoma, es un campo de huesos rotos; y eso es este libro: un solo poema distribuido en palabras-raíces, palabras y elementos que van en caída nombrándose de formas significativas. Se singulariza cada experiencia en un descenso propio y vertiginoso para terminar plantándose en la tierra, porque según la escribiente la palabra es relámpago y semilla al mismo tiempo.

Creo que este libro trata más asuntos sobre el lenguaje que el poemario anterior de Yanuva (Como decir cántaro, Senzala, 2014), un trabajo previo que de momentos se me hace más imagen y crónica, en el caso de su nueva entrega también es lenguaje y es más fenomenologista; la verdad es que no estoy del todo seguro, a lo mejor no es tan así, pero es la impresión que me da.

Cuando avanzo en la lectura veo algunos pasajes en donde sigue presente la mirada hacia la tragedia privada, el ojo sobre el drama de la vida real, la exaltación de su cotidianidad o uno que otro homenaje a los desaparecidos o fundadores de su genealogía.

Es posible que para Yanuva en el poema no todo sea maroma ni trampa del lenguaje, también es instrumento con maña tribunicia que canta la indignación general, porque las dificultades al estetizar la injusticia son las mismas que nos encontramos al intentar nombrar el paisaje, porque implica rehuirle al falso bucolismo, al soso panfleto y por supuesto, a la boba llorantina existencial y ecológica. Parece que la empresa de Yanuva tuvo presente la cortesía de saltarse estos últimos.

Sigo teniendo una lectura poco clara sobre la naturaleza de ambos libros, pero intuyo que ambos se complementan, uno es extensión de otro que da cuenta de cierta continuidad temática (a consciencia), haciendo evidente las obsesiones y búsquedas de Yanuva.

La tarea del lenguaje

El lenguaje que usamos habitualmente no es el mismo con el que construimos el discurso poético, aunque se le parezca. Este es un lenguaje nuevo que resulta de experimentarlo, seleccionarlo, paladearlo y usarlo para así darle un nuevo sentido: repito atontada una palabra, doy vueltas a una imagen, calibro una idea, así es como Yanuva nos sintetiza su método. Me recuerda aquella anécdota de José Manuel Briceño Guerrero cuando nos habla del juego con el que los niños consiguen el efecto narcótico de repetir la palabra “caballo” hasta que pierde el sentido de lo que nombra. Un asombro, sin dudas, ontológico.

En Desviada para siempre están todos los poemas. Reescritos con un fino tratamiento del lenguaje. El poema a la ciudad, al amante, a las tragedias, las guerras, el canto al paisaje, a la presencia de las divinidades de la naturaleza; la invocación al río, al mito; el momento o el ritual lúdico; los recuerdos de la infancia, la familia y el registro de la propia épica migratoria para ser lo que es hoy: la abuela, el padre, la madre, el hermano y sí misma, mujer y autorretrato; también encontraremos en este libro la noticia comentada que hurga un país, la muerte o los muertos que están más allá del sol y por supuesto, no falta el gran recurso de la enumeración; también nos toparemos los lugares comunes que no hacen presencia por metáfora, escritura o forma, pero sí por motivo, eso sí, los grandes temas han sido paladeados en una voz muy consciente de lo que transmite. En algún momento ofusca tanta claridad, tanto borrón y reescritura, tanto paladeo. Pero, ¿acaso la fenomenologista no precisa de un laboratorio para ir construyendo su propio glosario de asombros?, ¿no es así que se comporta la vida, la mecánica del mundo cuando reescribe cada paisaje, cada montaña y marea?, la existencia es una reescritura, un sonido palatal que recrea todas las nostalgias.

La tarea que se ha puesto esta mujer que quiere escribir no es la del entomólogo, de tomar palabras como animales muertos y estudiarlos ahí, estáticos; se trata de otra operación, porque para Yanuva se mata o se toma al lenguaje para comérselo, coño, para alimentarnos, para vivir y vivirnos, no es en vano que diga en su etnografía “Caribe”: Si matas, cómelo. Respeta lo que matas.

Insistiendo en cómo está hecho el pórtico y algunas evocaciones de este libro, en las palabras de Huidobro se puede apreciar un guiño hacia lo fundacional (o a los grandes adjetivadores del Sur). Lydda Franco Farías también resuena en algún recodo. Este trabajo también hace sus juegos de intertextualidad y reencuentro con otras voces, recurso siempre necesario de todo ser que escribe, que no hace más que reelaborar sus propias referencias (que para Yanu es igual a reelaborarse a sí misma).

En Desviada para siempre, desde su título mismo, Yanuva nos habla de una intención, una tarea que ha encarnado la escribiente a través del lenguaje, tratando de no caer en su trampa invocando, materializando la realidad, sus dramas e injusticias. El adjetivo también crece en este paisaje, no sin intención y consciencia, tiene otra función en estos poemas, como he dicho: paladear el lenguaje para aprehender el mundo de forma más profunda, ¿o acaso, no será más bien que Yanuva aprehende al mundo para paladear de mejor forma al lenguaje?

A veces los libros están plagados de tantas autorreferencias de la vida del autor y las autoras, que quienes les conocemos podemos ser capaces de entrever cosas, dar fe de ciertos acontecimientos, chismes, experiencias y obsesiones, en este trabajo esas referencias no son un problema, porque no podemos olvidar que el tiempo de esta poética es líquido: aquí está la anécdota en un nivel tan pluripersonal que cualquiera puede verse en esta agua que pasa como un río (y ya sabemos que esa agua nunca es la misma).

Sortear la trampa del lenguaje

Insisto. Ver tanta palabra curada puede hacernos pensar que se trata de otro escribiente deslumbrado por la trampa del lenguaje. Quedarse con esa lectura es contribuir a la apología que se ha hecho, o mejor dicho, a la mala interpretación del “sinsentido surrealista”. Realmente la tarea del que dinamita o escruta el lenguaje poético no es la arbitrariedad redactada, sino una ambición que busca romper los cánones y sistemas utilizando el mismo lenguaje con el que se han creado las prisiones previas. Un ejemplo: así como el collage o el cadáver exquisito no es como se pretende, es decir, no es un gesto espectacular, amarillista, grandilocuente, o una enumeración de situaciones azarosas y correspondencias insólitas, el experimento del lenguaje no quiere decir nada de eso y lo veremos en este libro.

En Desviada para siempre hay una postura ética, hay problemáticas tensionadas. Sí hay un tipo de compromiso, y ya lo hemos nombrado: el deber que se tiene para con un lenguaje vivo y no un lenguaje muerto. Digamos que es coherente con la tarea que se ha impuesto la tradición poética aliada de las multitudes subalternas: la refundación del mundo. Y vaya que la realidad requiere cosmovisiones otras. Porque sí hay una teleología, un fin último claro en este libro, al menos para este lector: el reconocimiento de lo humano en su artificio mayor, el lenguaje, el único recordatorio de quién es más allá del detritus contemporáneo y su falsa consciencia y postiza materialidad. Desviada para siempre es un discurso situado: es una mujer y todas las mujeres que escriben. Y sin caer en la bandera excesivamente agitada, en muchos intersticios de este libro resuena aquella frase de Guenther Eich: sé arena y no aceite en la maquinaria del mundo.

Desviada para siempre contiene imágenes históricas. No porque el tiempo sea líquido deja de ser acaecimiento, herrumbre del ángel de la historia. El poema también es histórico, dice Luis Alberto Crespo: la poesía reescribe la historia y la corrige. Porque el poema puede repasar la historia personal y la del barrio para decir unas cuantas cosas al respecto, para que quede un registro imborrable. Como mencioné al inicio, a veces este poemario se me hace tratadillo de ética, pide nombrar a las que no han sido nombradas (a todas las hermanas con todas las palabras).

El arte suele ser un mecanismo que usa como materia prima el detritus que sueltan las civilizaciones (para transformarlo en algo más noble). Y cuando se trata de la materia que da forma a la poesía, siempre será otra cosa. Porque para ella no existen restos, ella hace de los restos algo que siempre vale la pena, de hecho, cree en el resto. No olvidemos aquellas palabras de Michel Houellebecq: “el poeta es un parásito sagrado”, y con ello se refería a las y los poetas aventurados en el basurero de la historia. Las distintas experiencias dirán si son capaces de salir indemnes de la trampa del lenguaje, con las mismas herramientas que, en este caso, ha utilizado Yanuva: las palabras y los elementos, la materia y lo que nombra la materia, porque así ha logrado cartografiarse la poeta, urdir su propia singladura en el continuo tránsito de la palabra, su tiempo y su destino: ser desviada para siempre de su rol acuático y puramente acariciador.

Por Miguel Antonio Guevara