Mujer doblada, una lectura de «Desviada para siempre»

Por Iván Cruz Osorio

Hay voces fortísimas de nuestro continente que se alejan de los escaparates, de las candilejas, de la tóxica luz en que puede convertirse hacerle el juego a la “farándula literaria”. Voces que se retraen como erizos, pero que en el momento adecuado estruendan nuestros sentidos. En Desviada para siempre (Senzala, 2019), de la poeta venezolana Yanuva León, encuentro una profunda disección de la memoria, del dolor, la decepción y los afectos, desgranados en inquietantes imágenes. La poeta recorre las calles de la patria que alguna vez fueron esperanza, fuerza, y las describe así:

Bajo la luna llena mi ciudad es de níquel.

Por paredes, calles y escaleras emergen sombras. Brea sobre cal.

De qué alquimia resulta que un hombre atraviese el corazón

de otro hombre. Así como decir su propio corazón, su mismo

aullido rojo, su latir de angustias.

Cuántos hermanos se comerán entre sí esta noche, a la hora

precisa del placer, la fecundidad, los mesones desbordados.

Cuántas hermanas se comerán entre sí mañana,

a la hora exacta del café.

La ciudad hierve en un cuenco de vidrio. De noche hierve.

De día hierve. El fuego, cada vez más azul,

no cesa.

Bajo la luna nueva mi ciudad es de hierro. La sombra se funde

entre la sombra. Brea contra brea.

Las imágenes son desoladoras y podrían representar las calles convulsas, violentadas, de diversas ciudades de nuestra América en la actualidad. El daño, la mutilación continúan en el libro y se centran en la mujer como símbolo de una resistencia casi devastada:

Me asalta la imagen de una mujer acurrucada. Parida por una

mujer en cuclillas. Niña doblada

que se hizo mujer doblada

igual que su madre y su abuela y la abuela de su abuela.

Estirpe de mujeres condenadas a arreglar el disparate de un

mundo mal hecho

que hunde el acelerador.

Otro aspecto relevante de la poesía de Yanuva es la búsqueda de todas las posibilidades creadoras de la palabra, de tal forma convierte sustantivos y adjetivos en verbos, crea neologismos: “Enhiesta lo que debe mantener calmo… / Desbarajusta los tornillos de su máquina”. La poeta nos muestra que cada palabra ha sido pulida, entendida y colocada en su sitio exacto, ese cuidado es complejo de encontrar en la poesía emergente.

Comentaba que la poeta pone en el centro como tema a la mujer, pero también a la mujer llamada Yanuva:

Subo las escaleras del barrio de mi madre. Subo como las aguas

atraídas por el ojo nocturno del cielo. El mismo ojo resplandece

en la Antártida o en Isla de Pascua. La misma luna iluminó

Macedonia, su arquitectura militar bizantina, su Mezquita

Pintada, y hoy brilla sobre la escalinata que hace décadas recibió

el peso muerto del hermano de mi madre

abaleado por la espalda.

Aquí las casas son cajitas destartaladas, unas encima de otras,

apiñadas por niños gigantes.

La fealdad casi nunca es tierna, pero si logra serlo no hay nada

más tierno, ni real ni imaginario.

A la misma hora de la tarde me alcanza el hedor

de hombres rotos,

de mujeres descosidas.

Todos suben, todos vienen de sostener la ciudad,

de dar cuerda a los relojes.

Este poema es óptimo, el desgarramiento de una ciudad, de un barrio inalterable, desesperanzado, la madre y la familia como una memoria amuñonada. La resistencia de los que viven y sostienen apenas los restos de un cadáver llamado casa o país. Con Desviada para siempre, Yanuva León construye certera y dolorosamente una contra-epopeya de nuestros tiempos, un saludo a la aridez, a la llanura yerma de nuestra historia presente, y por ello uno de los libros más notables del continente.