La magia de los libros (fragmento)

Libros estimulantes

Luis Beltrán Prieto Figueroa

Libros estimulantes

Hablar de los libros, para quien ha pasado gran parte de su vida en el disfrute de su amable compañía, parecería cosa fácil. Pero así como nuestra pasión y nuestro afecto no nos deja ver muchas veces los defectos de nuestros hijos, ni las faltas de nuestros amigos, así también, en el contacto con los libros, perdemos el equilibrio para decir de ellos cosas que no sean elogios y expresiones dirigidas, más que a los libros, a nuestra propia vanidad, a nuestra propia vanagloria de contarlos entre los más asiduos compañeros. Pues como quiera que el viejo refrán indica que nuestras compañías dan cuenta de lo que somos, ensalzando al libro que nos acompaña, nos ensalzamos nosotros que lo leemos. Por ello el doctor Gregorio Marañón, modificando la frase de Plinio, según la cual “no hay libro malo, que no tenga algo bueno”, decía que para él, “enteramente malo no hay libro alguno”. Exageración acaso dirán muchos porque nadie querrá confesar que, para acompañarle durante una velada o quizás por días enteros, haya elegido voluntariamente un detestable libro, como no se elige para compañero de viaje a un ladrón, so pena de confesar con ello, también, su pésimo gusto de lector o su depravado sentimiento de hombre. Pero hay más todavía, algunos escritores insinúan que para aquilatar el valor de los libros buenos hay que leer los libros malos. “Es posible que la lectura de los malos libros sea una catarsis de preciosa utilidad moral”, indica Faguet (s.f), quien agrega luego: “La lectura de los malos libros forman el gusto, siempre que se hayan leído buenos libros, en forma que no hay que despreciar ni tal vez desdeñar”… Pero este consejo parece perder algo de su aparente extravío cuando el autor concluye diciendo:

Leamos algo a los malos autores; con la condición que no sea por la malignidad, es excelente. Cultivemos en nosotros el odio al libro estúpido. El odio al libro estúpido es un sentimiento muy útil en sí, pero que tiene valor si aviva en nosotros el amor y la sed de los que son buenos (pp. 120-130).

En esta introducción a una charla sobre el libro, he comenzado a hablar por donde otros acostumbran terminar sus expresiones de exaltación del libro, no precisamente porque pretenda circunscribir mis apreciaciones a los libros malos, sino para señalar con ello que en los extravíos de nuestros juicios van implícitas, a veces, formas de racionalización de la conducta, maneras de justificar los errores a los que se incurre al seleccionar las lecturas, dando preferencia a las menos buenas, habiéndolas excelentes para estimular los elevados pensamientos o estimular los pensamientos nobles.

Así de golpe me encuentro en la médula del tema que me propongo desarrollar: “Libros estimulantes para la juventud”. ¿Cuáles son éstos? ¿Qué características presentan? ¿Cómo acercarse a ellos? Para la juventud, cualquier libro puede ser estimulante. Depende del momento, del lugar, del estado de ánimo, de la preocupación predominante. Estímulos para el bien, para lo grande, para lo noble, estímulos de generosos ideales, señales para un camino definitivo hacia un futuro mejor; pero estímulos también para una vida disipada. Pero si no hay libros malos para un lector experimentado, para el que ha formado sus gustos en el trabajo de selección y aquilatamiento de los valores contenidos en los buenos libros, para un joven en cambio, hay libros desorientadores. Por ello, todo señalamiento de lecturas adecuadas para los jóvenes implica un serio compromiso, una responsabilidad que sobrepasa los deberes puramente docentes del maestro.

Muchas veces, por espíritu de contención, el maestro limita las orientaciones de las lecturas de los jóvenes dentro de las normas estrictas; hace una selección a su manera, pensando en los valores morales que formaron su corazón y su pensamiento. Sus recomendaciones pueden estar alejadas de la época y de los intereses de toda una generación de jóvenes que con el cambio de los que quiere realizar y que tiene derecho que sean considerados por quien desee conservar una posición orientadora.

De lo contrario se producirá el inevitable choque de generaciones, dentro del cual los estímulos tienen valor contraproducente, porque, siguiendo el espíritu de oposición, el joven adopta posiciones que son exactamente las contrapuestas a las señaladas por el orientador. En ese estado de ánimo no serán buenos para el joven los libros indicados como tales por el maestro, sino aquellos precisamente prohibidos, exactamente por el hecho de serlo. En esa forma la desorientación del joven tendría su origen en una desacertada orientación.

Cada época tiene sus libros

Cada época tiene sus libros, buenos unos, malos los más. Esos libros, que corresponden a preocupaciones del momento, que dan satisfacción a curiosidades que exaltan el ambiente, deben formar el punto de partida para la selección de lecturas para los jóvenes. Los libros con que deben iniciar sus lecturas no deben, por ellos estar muy alejados de la actualidad, y comprender las obras que entusiasmaron a otras generaciones, los libros cimeros de la literatura universal de todos los tiempos. Sin esa introducción los libros clásicos parecerán libros insulsos, fastidiosos, aburridores. Estos, como los tónicos muy fuertes, han de ser administrados bajo el cuidado del médico, que en este caso tiré más adelante sobre este mismo tema.

Maestros hay, que dentro de la escuela y fuera de ella, solo dan importancia a una enseñanza sistemática, contenida en los textos, matando con ello toda iniciativa, todo propósito de investigación. El texto único, muchas veces mal redactado e incompleto, que da una visión estrangulada de una ciencia o de un arte, qué duda cabe, es el causante de tanta desgana de lectura de algunos jóvenes, actitud que desde los días escolares persiste aún en muchos adultos. Para tales personas, todos los libros son textos. Todos les parecen tener por objetivo preparar materias para un examen y al joven y al hombre que tiene deseos de vivir, el texto no les sirve de nada, porque en la vida el examen se pasa sin el texto. Este como auxiliar de estudios, puede ser un instrumento valioso, siempre que se le complemente con la lectura libre, con la investigación personal; siempre que su uso exclusivo no le sirva de freno a las inquietudes del estudiante. Pero el texto nuestro, hecho de retazos, sin reflejo de vida, antes que promover la enseñanza la impide, y en lugar de formar lectores fervorosos, aleja de la lectura por placer, de la lectura para informarse, de la lectura para formar la mente y el corazón de los jóvenes. Indudablemente, hacen falta buenos textos para auxiliar el esfuerzo formativo de la educación, pero el maestro ha de saberlo usar con cuidado y habilidad.

Delicada es la misión de seleccionar libros para la juventud porque más que conocimientos de la literatura de una época, de los valores de los grandes libros, se necesita una clara intuición de los gustos de las generaciones de jóvenes. Más que ciencia, se precisa un gran tino para llegar en forma sutil al corazón de los jóvenes, valiéndose del mensaje contenido en los libros.

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Luis Beltrán Prieto Figueroa, La magia de los libros. Fundación Editorial El perro y la rana, Venezuela, 2017, pp. 22-26.

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