¿IMPRESO O DIGITAL?

 

Por Gustavo Mérida • @gusmerida1 ⁄ Fotografía Enrique Hernández (ÉPALE CCS)

LAS COMAS
Ella hizo un mohín cuando le hablé de una pantera. “¿Pantera?, ¿yo? ¿De qué habla este tipo?”. (Esas preguntas, claro, las pensó, estoy seguro, que es mucho peor, por supuesto, que casi seguro). Era un caballo, solo que confundí el animal individual con el que cada quien, de acuerdo a sus circunstancias, se identifica. Y cuando le pregunté por el piercing, en su labio, el inferior, hizo otro (mohín, claro), pero esta vez sí preguntó con toda la firmeza de su tono de voz: “¿Eso qué tiene que ver con lo que estamos hablando?”. Yanuva León es una mujer a la que hay que escuchar y, nunca mejor dicho, beber de sus palabras sin dejar de ver el vaso. Habla con esa pasión serena y contundente de un tema que apasiona y desespera o, sencillamente, a nadie le importa.

LOS GUIONES
— (Y los paréntesis) (Van juntos. Esta no es la pregunta) — (Pero antes, hablamos acerca de reforzar la difusión digital) (Esta sí:) —¿Es lo que hay que hacer?
—Sí. En situaciones como en la que estamos, en una economía de guerra (¡estamos en guerra, pues!), lo único que no debería hacerse es claudicar, es decir, no publicar. Hay que explorar y explotar todas las vías por las que se publique. Si no se puede en papel, no se puede en papel, hay que arroparse hasta donde la cobija alcance, pero hay que arroparse. Las posibilidades que ofrece la comunicación digital son muchísimas, y a pesar de que estamos en una economía de guerra, Venezuela es uno de los países, en América Latina, cuyos pueblos tienen acceso a los dispositivos digitales, a las tablets, a los teléfonos inteligentes, las computadoras, entonces hay que avanzar por los caminos que se puedan. ¿Es triste? Sí, pero no hay opción.

—¿Crees que vamos a dejar de leer en papel?
—En algún momento de la historia sí. El libro no va a desaparecer: el libro no es el formato, es decir, el libro, tal como lo conocemos hoy, en papel, hace milenios era otra cosa. Para las personas que están acostumbradas a un formato, pasar a otro, a veces es difícil. Siempre hay un tema romántico difícil de superar para ciertos grupos; otros, más abiertos al cambio, entienden que evolucionan los formatos. Yo estoy bastante abierta a que el libro cambie, pero no va a desaparecer, y creo que en un punto de la historia el libro de papel va a ser una pieza de museo, radicalmente una pieza de museo. No sé en cuánto tiempo, los cambios tecnológicos en las últimas tres décadas han sido supervertiginosos. La generación a la que yo pertenezco le llaman millennials y hay un debate sobre si nacimos en los ochenta o los noventa, una de las características de esta generación es que ha pasado por diversos formatos de diferentes mercancías culturales. Música, libros, videojuegos. Se conoció el casete, el disquete, se conoció el cidí; ha pasado por todos esos formatos de manera vertiginosa. El libro está siendo demandado por esa lógica de lo que algunos estudiosos llaman la Cuarta Revolución Industrial Cultural, y es algo a lo que resistirse, pero no hay mucho con qué hacerlo y no le veo tanto sentido más allá del (y lo respeto) romanticismo, ese afecto un poco fetichista a la página impresa, a cómo huele al olor de la tinta.

LOS PUNTOS SUSPENSIVOS
Por supuesto que le pregunté qué se llevaría a una isla desierta. “Dime la persona, por favor. Y el objeto”. Ella piensa el tiempo justo que dan los tres puntos suspensivos… y luego ríe. “Esta es la primera entrevista que se hace para la edición que solo publica en la web; una semana imprimimos, la otra no. Este número está dedicado a eso”. “Yo identifico las bondades del formato digital”, dice Yanuva luego de no decir ni la persona, ni el objeto. “Son muchas: en comparación con el libro físico, objeto que yo también celebro, que me gusta, también tengo libros en mi casa. No soy una persona que se apegue al objeto libro, nunca lo he sido. Puedo regalar un libro que considero una joya: tenía una edición que quería mucho de Cien años de soledad porque gracias a García Márquez empecé a leer y tenía una relación con ese objeto —más que con la obra, porque no es complicado conseguirla—pero a mí lo que me interesaba es que esa persona leyera esa novela. Entiendo, acepto e identifico las bondades de la tecnología, yo siento que es una lucha estéril, si se puede decir lucha, esas avanzadas discursivas por las redes en contra del libro digital, esas odas laudatorias al libro en físico. Entiendo lo que hacen los defensores, e interesados, porque es un tema económico, un tema que no hay que soslayar. Las grandes industrias, las corporaciones, están apostando al libro digital porque para que un libro digital pueda ser leído necesita ciertos dispositivos electrónicos que, además, ya vienen fabricados con la fulana obsolescencia programada y, bueno, sí te haces esclavo de eso, es verdad. Un libro, si tiene buen papel, te puede durar cientos de años si lo sabes conservar, el libro digital necesita un continente electrónico que nos ata a las grandes corporaciones pero, ¿de cuántas maneras ya no estamos atados? Uno de los argumentos en la defensa del libro digital que me da mucha risa es el de la “ecología”: “Porque el papel depreda el árbol, y entonces eso es un atentado contra la naturaleza y no sé qué”. Una entonces se pregunta: “Ajá, ¿y la tecnología para hacer todos esos dispositivos que sostienen el libro digital?”. La explotación humana, el coltán, la esclavitud en pleno siglo XXI para que un grupo de elegidos pueda disfrutar la lectura. Ahí está el cotilleo en las redes, la militancia de la izquierda en las redes, en fin, es un tema complejo.

LAS COMILLAS
Cuando Yanuva pronunció la palabra “militancia” hizo ese gesto con las falanges de los dedos índices y “medios” que dibuja dos comillas en el aire; la “militancia” de la izquierda así, entre comillas, la “reiteración” de las comillas, la militancia fácil, la oscuridad de la tinta importada que impregna el papel prensa importado que se une, apretadísimo, en túmulos (vaya símil: se trata de la eutanasia del diarismo impreso, tal como está concebido) de cien periódicos amarrados con tiras de plástico, también importadas, por supuesto, sin comillas. Vino (no fue) a la redacción del diario para la entrevista en la revista que no va a ser imprimida “Economía de guerra”, dijo ella. Y “no claudicar”. Ya basta de comillas. Yanuva León es Coordinadora Editorial en El perro y la rana. “La cordura bonita, que termina siendo un formato de locura diferente. Yo amo mi oficio. Las políticas editoriales del Gobierno, comparadas con las de la cuarta república… el salto es brutal. Haber identificado como una necesidad para potenciar la Revolución, en términos culturales, fundar una editorial masiva que publicara a autores que durante años habían estado opacados, soslayados, negados por las grandes editoriales privadas y públicas del país, es un destello de lucidez admirable; más que un destello, fue casi una osadía del presidente Chávez, porque fue él quien lo identificó, fue un gran lector. La ignorancia es una cadena maldita porque al hambre la mitigas con un pedazo de pan, pero el hambre del espíritu ¿cómo se mitiga? Todas las puertas cerradas a la posibilidad de saciar esa hambre, todas las puertas del conocimiento clausuradas para los pueblos. Entonces, haber abierto un vórtice para combatir el hambre del espíritu es algo que celebro todos los días”.

 

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