Desviada

Por: Indira Carpio Olivo

Yanuva es recordatorio del sincretismo. Habla con el ímpetu de una cacica, o con el que una cree es propio de las Amazonas. Tiene en los ojos un no se qué ancestral. O un “yo sí sé qué”. Dice con las flechas, dejando caer el hacha en el centro de la herida, toda vez que también se lame la sangre con la lengua. La sangre cambia, se convierte en palabra.

La lengua de esta mujer es cuerpo que crece con cada poema. Tiene animal y un animal la sos-tiene. Su crin es un penacho que se bate cuando danza, o camina (es lo mismo). Relincha amorosa, o da coces a quien se atreva a mirarla de frente. Cuando ella mira, lo mirado es susceptible de convertirse en piedra. Es más, UNA también se convierte en montaña de agua, en dolor de nieve cuando la mira. Tiene Yanuva en sus manos la transformación de la dureza en belleza, una lima que da formas a lo dicho, a la dicha. Sus imágenes están consagradas a contarse a sí misma. Cumple las leyes del lenguaje como si las hubiese escrito.

Con Yanuva León estamos en presencia de la historia contemporánea de la literatura venezolana. Parece exagerado. Pero no lo es. Se levanta, pule la voz, sigue andando en el ballet de las fieras. “La palabra es el vapor que activa su locomotora”, al decir de la autora. Es esclava y verduga de lo que dice, “palabramente”.

Los elementos universales que conforman el tríptico poético de la obra de Yanuva León que lleva por título Desviada para siempre, se acompañan de los acentos, y es con las tildes, el ritmo, que la autora juega con las historias que teje en esta obra. Es así como “la candela se encabrita”, la tierra se deshila sobre las patas del caballo, “un gran sombrero verde” está “cargado de lluvia”, se “envidia  el carácter violeta de la cebolla que conserva su cualidad / a pesar de los cuchillos”.

En Desviada para siempre se articulan narrativa y poesía para que cada poema sea en sí una historia con pasado y, sobre todo, con presente: “Hace cuánto tu nombre fue cosa viva. Hace cuánto fuiste medida de / valor que atormentó mi sueño. / Hoy un viento leve sostiene la imagen de tu mano frente a mí y / parece otra mano, menos firme, / intento mirar y se desploma como caballo muerto”. El caballo va y viene.

“Yo también vine de lejos”, dice Yanuva. Incluso él o la que duerme a nuestro lado está tan cerca como el alma, que nadie sabe dónde está. No es tampoco una misma su propia encarnación. Somos, si acaso, ladronas del fuego, convertido en palabras, torcidas, esquivas, depravadas, pervertidas, descarriadas, perdidas, “desviadas para siempre”, en palabras de Huidobro en Altazor, epígrafe que inaugura el segundo poemario de León y da nombre a su obra.

Nos han perdido los roles. Sí, a nosotras, nos perdieron. Eso me ha dicho Yanuva y entonces he encendido una vela para alumbrar su verdad, la verdad. No queremos seguir cumpliendo roles, ni sociales, ni literarios.

A los cautos: desvestirse, deshilarse, desdecirse, deshacerse.

En frente, una mujer, hija y nieta de otras mujeres, que devuelven el golpe, todas con las manos, artefactos de donde salieron banano, arbusto, mujer en río enfermo que desea escribir, cotoperís.

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