El horrible oficio de escribir. O las espantosas desventuras de cualquier escriba

Por: Morgan Finkel (Argentina)

 

I

Si vivir otra vida en la tierra fuese la suerte que me aguarda después de ésta, jamás volvería a joderme la existencia con el vano sueño de ser poeta y escritor; pero en mi loca y salvaje juventud aparecía como la mejor de las elecciones posibles. Me veía al cabo de unos pocos años en una constante embriaguez, a bordo del yate con las rubias platinadas. Con las metas claras, me puse a trabajar duro, consiguiendo al cabo de un tiempo llevar a mi habitación empapelada con alentadoras notas de rechazo, a alguna gordita menesterosa, jorobada y teñida. Luego los años, acostumbrados a pasar, pasaron. Trabajo y estudio iban en aumento, de la manito con las dificultades económicas. En mi isla había una palmera con tres cocos altos, inalcanzables, mientras el yate se alejaba hasta ser un puntito desapareciendo en el horizonte.

Esporádicas publicaciones en revistas y fanzines, y algunos premios de poca monta, parecían chiflarle al yate para que pegara la curva de Boutakow y volviera a rescatarme.

Para entonces las notas de rechazo dejaron de llegar, aunque el rechazo social seguía su curso grueso y opulento.

Las editoriales pasaron a considerar al escritor anónimo como a un apestado, un subhumano despreciable con quien es dable y hasta recomendable saltarse las normas mínimas del respeto y la cortesía, que tanto bien a todos nos reporta.

Al tomar contacto con una editora, una nota lacónica e impersonal dice dónde puede enviarse el material del que ya no volverán a dar razón. Y si, al tiempo, se te ocurre preguntar, y tienes la suerte de que alguien te conteste, con seguridad se trata de algún subalterno insolente, que se demoró contigo unos minutos pues no tiene ganas de preparar y servir el café, y para que no lo regañen por la tardanza debe simular que está haciendo algo.

En tal desesperante panorama aparecen las llamadas “editoras independientes”, aun peores que las grandes, pues replican sus vicios en menor escala y se inventan otros muy novedosos. Algunas ni siquiera existen, son vivillos que con ese cuento quieren conseguir chicas, objetivo siempre loable, de no intermediar el engaño. Otros papanatas, se radican en países como Alemania o Francia, y consiguen algo de lucro con el cuento de la edición bilingüe y el abanico de posibilidades que se desplegará ante uno, al contar con al menos 8 ejemplares de un poemario traducido de la manera más pésima, circulando por alguna ignota localidad de Alemania o Francia. Pero no seamos negativos, al menos cuando llegue la hora de esos vergonzosos curriculums en los que, excretores y peotas (a la manera de los futbolistas) arriban a un paroxismo orgásmico, al describir su vida y milagros en tercera persona, podrán decir: “Su obra, El mono que no supo elegir y salpicaba las fotos de Hillary Clinton, ha sido traducida al alemán”. ¡Tomá!

Incauto, a alguno de estos moscones supe enviarle material y al cabo de varios meses respondió a mi reclamo, con un “estoy de aeropuerto en aeropuerto”, dándose el muy salame, ínfulas de jamón, porque seguro regresaba a la Argentina para las fiestas en la clase económica de un vuelo con escala en todas partes.

Mientras la obra se va acumulando, y si no consigues editarla, empieza a colgarte de las huevas, te pesa, te encoge, te dobla con su peso, y nunca está realmente lista, nunca terminada. Agarras una novela que escribiste hace dos años, y como ya no eres el mismo, echas mano y corriges y al cabo de unos años sigues corrigiéndola y corrigiéndola en un trabajo de esos con que los dioses del Olimpo castigaban a esos humanos que se les montaban en un huevo cuando se pasaban de pícaros. Así nos debatimos atrapadxs en los tentáculos de nuestra propia Medusa. Si estás alegre te parecerá una genialidad y si andas depre, una basura, y sigues corrigiendo, corrigiendo y corrigiendo, una y mil veces, algo que solo necesita ser editado para finalizar su proceso. Para cerrarlo de una vez, para sacárnoslo de la espalda como una mochila cargada de piedras.

No hay ganas pero hay que seguir intentándolo, pues a cierta altura nos hallamos como Macbeth, se ha ido tan lejos en el lago de sangre que volver atrás costará más que ganar la otra orilla. Vamos entonces con nuestro racimo de ilusiones cascoteadas, por el lado de los concursos, la gran estafa editorial.

Permítaseme ahora esta digresión que vendrá a enlazar con otras cosas un poco más adelante.

Desde finales del siglo XX el capitalismo ha desatado sobre el mundo a LA MAQUINARIA DE LA INFELICIDAD, un entramado como de tela de araña que va envolviendo a todas las cosas, a todas las personas. La Máquina devora todo, la gente es tragada por un tubo y expelida por otro convertida en hamburguesas fecales. Hamburguesas humanas. La horrorosa industria de la carne no se detiene. La maquinaria emite sus consignas comecocos sin descanso: “¡Vamos, esfuérzate, debes ser el número 1!”. “¡Debes ser un ganador, no un perdedor!”. “¡Lo importante es competir!”. ¡Vamos, nada ha de interponerse entre tú y tus deseos, tú te lo mereces, eres especial!”, y si en el camino has de pisar algunas cabezas, pues tanto da, es hora de que demuestres lo que vales. Toda esa propaganda ametrallada en ínfimas y constantes bolitas de mierda parece haber calado muy hondo entre los sensibles poetas y el resto de la humanidad, no menos sensible.

“Fabrico tus deseos para vendértelos” es la fórmula que hace muchos años denunciaba el profeta Evaristo de Euskadi. Nadie está contento con lo que tiene. Nadie se siente a gusto con su cuerpo ni con su edad. Aparecieron enfermedades como bulimia y anorexia. Modelos de 24 años promocionan cremas “anti-edad” (construcción idiota en sí misma) para sobrellevar la menopausia. Chicas de quince les piden a sus padres implantes mamarios en lugar de la tradicional fiestita. Obreros que dedican sus horas libres a lavar sus carros 3 veces a la semana. Mujeres neuróticas y empastilladas barriendo la vereda a las 7 de la mañana, a falta de mejor cosa. La Máquina absorbe, forma y deforma el gusto: y las chicas o los chicos que te tienen que gustar deben ser así y rubios y demás chorradas. La prensa y los noticieros que no informan sobre los avances para conseguir una vacuna, ni de la obra de un cineasta chino genial, ni de un maravilloso estilo musical surgido en Argelia llamado “rai”, pero que desbarrancó un ómnibus y murieron horriblemente 43 jubilados es algo que uno debe saber, que no debe perderse, el dato horrible reclama ser atendido, y ahí está el camarógrafo feliz de haber podido enfocar los charquitos de sangre para la audiencia sedienta. Es redundante decirlo pero hay que decirlo cuando toca: los medios no hablan de nada, estupidizan, silencian todo lo que no les conviene, manejan a la gente como ganado, crean opinión y consenso machacando desde ángulos tendenciosos aquello que les interesa; inducen a un pensamiento único y bovino y en unas elecciones “democráticas” consiguen que el pueblo trabajador vote por los patrones que les dicen que las horas extras no se pagarán, que serán tomadas como su contribución a esta gran familia que es la empresa.

Y de la absorción arrasadora de La Máquina Infeliz no se han salvado, por supuesto, las artes. Pareciera que no se pueden contar historias sin reventones de sangre. Que lo único verdaderamente interesante son los crímenes y las tripas que volando van. El culto al Morbo, dios de estos tiempos vulgares, berretas y ordinarios.

Aquí anudamos el cabo suelto: los editores han dividido a la humanidad en tres categorías, víctimas-asesinos-policías suspicaces. Y es por eso que cuando vas a una librería a pedir algún clásico (no hablemos de los del siglo XIX o XVIII) sino alguno normalito, del siglo XX, un Remarque, un Vonnegut, incluso un Bukowski, un Borges, un Dick, para ponérselas más fácil; el vendedor lo buscará en la computadora, y arqueando las cejas te dirá que “está agotado”, acto seguido te ofrecerá el nuevo masacote policial que obscenamente rellena las estanterías.

Han dejado de editar. De editar literatura. De la vieja y de la buena. ¿Cómo entonces van a editar la nueva? Y conste que no somos tan ingenuos como para creer que sea condición natural de la calidad enfrentarse a lo comercial; una cosa no quita la otra y en ese sentido sobran los ejemplos.

Y aquí viene lo de los concursos.

En otras épocas se daba por sentado que “la participación en el presente concurso implica la aceptación de sus reglas”. Pero ahora no, ahora se supone que el escritor desconocido es, o tiene todo para ser un delincuente (en un punto tienen razón pues te van empujando hacia la desesperación), entonces te exigen fotocopia del DNI o pasaporte, autentificación de la firma, declaración jurada de que la obra es de tu autoría y patatín y patatán y cuando terminas de leer los requisitos de participación, ya no sabes si lo que tienes que enviarles es el manuscrito o un abogado. Ah, y por supuesto que la obra no esté publicada tan siquiera en tu página de internet.

El caso del poeta español Leopoldo María Panero, tan rodeado de sanguijuelas el pobre, es de los más emblemáticos, ganó un concurso y había una buena plata también, pero alguien o alguno descubrió que había publicado unos poemitas en algún fanzine y se lo retiraron. La platita ni llegó a olisquearla.

Te exigen además de tus huellas digitales, el envío en papel, anillado y por triplicado del manuscrito (el envío no será barato y afectará directamente a las botellas de vino, entradas al cine y tabletas de chocolate que tenías programadas) que viajará sin escalas del correo a la basura porque ellos ya tienen apañado a su pollo, un escritor de chorreantes policiales. Y cuando llega el gran día anuncian al ganador en estos términos: “Hemos recibido 3.764.3743.5432.6543.654 originales de altísima calidad (tristes partenaires del cochino decorado de papel higiénico que construyeron para su enorme sorete) y el jurado, luego de un arduo trabajo en el que han salido con las pestañas chamuscadas, ha determinado que el ganador es Juan Pirulo (habitualmente se trata de un psicólogo, un abogado o un dentista aburrido al que le dio por escribir), y para tus esperanzas & ilusiones, la mejor de las patadas, adivina en qué sitio de tu anatomía.

No, ahí no. En el medio del culo, de las tetas y de los cojones.

Otra de las estafas recurrentes, llevadas a cabo en este caso por las editoriales “independientes” (como adoran llamarse, sin que quede claro de quién o qué cosa se independizaron) un poco menos quisquillosas en cuanto a requisitos, aunque para darle seriedad a la cosa imponen algunas normas ridículas como no debe tener una extensión menor de 100 páginas ni mayor de 130. Al cabo de un tiempo te escriben que tu obra ha tenido “una valoración positiva” por parte del jurado, así pues ellos están tan deseosos de editarte… pero lamentablemente no cuentan con todos los recursos, podrían financiar el 50% y se harán cargo de la promoción y distribución y demás demases, ¿qué te parecería a ti ayudarnos pagando el otro 50?

Veamos, suponiendo que al concurso de Ediciones La Chota Verde, por caso, se presentaron 800 concursantes, con que piquen el 10%, ya tienen una platita y libros para mostrar en el catálogo, y continuar con su apostolado editorial, objetivos cumplidos.

Hay que decir también que los pocos que lleguen a imprimir, y en el mejor de los casos distribuir (o sea tirar 4 o 5 en algunas librerías céntricas) los habrás pagado tú y tú y nadie más que tú, buh.

Se prueba con las agencias literarias. En la mayoría te responde un correo automático diciendo que no recibirán manuscritos hasta el 2044, que tengas paciencia y gracias por contactarnos. Unas te piden el material, de acuerdo a ciertas normas, documentos pdf, con sinopsis, adelantos, etc., te pasas una tarde preparando el envío y luego, para variar no te contestan, ¿para qué?

Otras, se saltan olímpicamente el dato de que si te dedicas a escribir y buscas agencia es porque eres pobre, y te dicen sin vueltas que cobran por leer, al menos son más honestas. Y otras pseudo agencias ven la manera de sacarte un dinerillo a cambio de nada, como una española que había decidido montar su chiringuito, y de entrada te despachaba por respuesta una carta desgraciada con errores de puntuación y sintaxis, en la que decía que lo principal, más que el estilo y la temática era que la obra no tuviese errores ortográficos. “¿No os parece?”; señora ésta a la que respondí diciendo que no agrediera a los vestigios de inteligencia que aun presentaban batalla en mi cerebro.

Se sigue buscando, ya sin buscar, y curtidos en eso de la Expectativa Cero, nos topamos con algo como la Agencia Literaria del Sur, de Venezuela; esta Venezuela tan demonizada por la prensa neoliberal, que es el coqueto nombre que adoptó el fascismo para estos tiempos modernos.

La Agencia Literaria del Sur es una mancha de luz sobre esa tiniebla impenetrable y oscurantista, en que se ha transformado el mundo editorial, como un brillante escupitajo contra la jeta de esa nébula en donde todo entra y nada sale (o salen los presuntuosos gansos cacareando que “están entre aeropuertos”).

Hay buena onda en la ALS y eso sorprende. (Desgraciadamente, esa debería ser la norma y no la excepción). De entrada uno se encuentra con gente, y es gente normal, sencilla y amigable en el trato, macanuda; como debe ser, y eso es un puntazo entre toda la locura repelente, solemne y mediocre, que ha hecho del ámbito literario su imperio.

Leen tu material y te responden al cabo de unos días. Te tratan como si fueras una persona y no un molesto y mendicante bicharraco cubierto de excrementos que vino a dar la tabarra. Luego, que tus escritos gusten o no, dependerá de varios factores, pero al menos no te quedarás con esa horrenda sensación, con ese mal sabor de boca que te dejan todos esos fileteadores del bacalao editorial.

Y la puerta queda abierta para volver a intentarlo.

II

VENTAJAS

Enumeraremos otras ventajas del noble oficio: nunca se para ni de trabajar ni de estudiar. No se gana dinero. No se tiene obra social, ni jubilación, ni nada. Solo un puto carajo entre las manos.

Hay que hacer cualquier cosa, cualquier trabajo pesado y sucio que a priori no figuraba en los papeles si es que se pretende conservar el saludable hábito de comer.

Puedes escribir de lunes a lunes de 22 a 8 de la mañana, pero si a una pregunta respondes que eres escriba, te repreguntarán, ¿y de qué trabajas?

Eso ya es un clásico de Grecia y Roma.

Para colmo, una mayoría de colegas, recorre el mundo, infatuados de puros flatos, derrochando tanta estulticia que uno siente vergüenza de decir que pertenece al rebaño, y cuando debe confesarlo, enseguidita levantará suspicacias, “este se quiere hacer el importante”, “no se relaja un segundo, siempre está construyendo su personaje”, “y este piojoso, ¿de qué se las da ahora?”, suspicacias que persisten a lo largo y a lo ancho del tiempo entre parientes, amigos y extraños que no se lo toman en serio y creen que eso de “escribir” es una pantalla para encubrir la vagancia y las borracheras: “¿Escritor?, ¡qué coño va a ser escritor si vive a la vuelta de mi casa!, éste lo que es, es un Juan Pachanga que no quiere dar golpe!”

Hartxs, con la armadura abollada, conseguimos editarmos un librito con no pocos esfuerzos, para seguir mostrándole los dientes a un mundo de lobos enfurecidos lanzados en picada sobre nuestra profesión, honrada y humilde a la vez, e intentando al paso elevar la autoestima del subsuelo al suelo, paso infinito en sí mismo (pero con recaídas permanentes, ya se sabe). Y estamos ahí, demostrando que es verdad, que es eso lo que hacemos y sobre lo cual ponemos nuestras energías, nuestra vida… y es entonces cuando parientes y amigos llenarán nuestros bolsillos de explicaciones. Con suerte el verdulero o el panadero amigo, te lo tomará en trueque. Aquellos que te lo compren exigirán de inmediato una dedicatoria llena de emoción y de gracia, en la que expreses el cariño, y las anécdotas y los divertidos códigos secretos que enmarcan la relación, y todo en unas cuantas oraciones que, de paso sea dicho, será lo único que leerán, porque ni siquiera han de tomarse la molestia de leer tu libro, que ya bastante caro les ha salido. Regalarás algunos a amigos que manifiesten su interés en leerlo no obstante lo exhausto de sus arcas, y al cabo de varios meses no te dirán ni pío. Cuando tímidamente preguntas si lo han leído te devuelven un seco: “Sí, lo leí”, y cuando repreguntes, sintiéndote avergonzado como un mendigo que conoció mejores tiempos y ahora se encuentra en la iglesia haciendo la cola de la sopa: “¿Y qué te pareció?”, “Me gustó”, ajá, y entonces, ¿por qué no lo manifiestan en tiempo y forma, por qué esa mezquindad de viejos huchas en dispensar a los pobres perros apaleados unas palmaditas en el lomo? ¿Acaso nos presumen a bordo de un yate con las negritas en bikini y tacos altos escanciando champagne?

También se da el caso de amigos o parientes que pretendiendo alentarte te dicen cosas como “tú eres un poeta maldito”, tal o cual se suicidó y este otro se arrancó los ojos.

Entretanto, alguno de esos vecinos, que siempre te ha mirado con desconfianza y sospecha, te endosará su propio mamotreto o el de su hijo. Después de todo, tú te dedicas a eso, ¿o no?

Te tomas el trabajo, a desgana pues sospechas la que te espera y por si fuera poco tienes otras cosas acumuladas que debes leer, y le echas voluntad al armatoste que te colocaron entre la cocina y el baño, y cuando le apuntamos cualquier cosa al destinatario, con toda la finura y sutileza que supimos conseguir, al ver que uno no se pone a bailar como atacado por el mal de San Vito barbotando que es una genialidad, lo recibirá sin siquiera darte las gracias por las molestias, y, ¡hala!, ya nos ganamos otro enemigo.

No obstante, impresionados por tu modesta edición, tu entorno comienza a tomarte en creciente consideración, por eso a la primera de cambio te presentarán a algún marmota brotado de un repollo diciéndote: “Él también escribe”, o sea poniéndote a la altura del primer novato diletante que hace unos meses halló un hobby al mamarrachar en unas cuantas páginas sus sensaciones cuando su novia lo abandonó, o se sentó arriba de un pepino bicéfalo.

Todavía peor es cuando te presentan al marmota pasmarote sentado en su trono del pepino pero el que “también escribe”, eres tú.

III

SER O DEJAR DE SER SINÓNIMOS

Soy poeta, no chupaculos, aunque ambas cosas parecieran ser sinónimos, le respondí a una tipa, una vez, a cuento de un comentario insolente, que lanzó sobre mi persona y mis perspectivas como inmigrante sin papeles, y sin más habilidades que darle a la lira, en Madrid. No siempre se nos otorga responder a las groserías con elegancia.

Desde afuera, uno piensa en un poeta como en un ser de una sensibilidad a flor de piel, de alma tierna cual tibia miga de pan, de un ser en donde la virtud ha hecho arraigo, una especie de santo a lo Antonio Machado; pero estos cosos, capaces de hilvanar sentidos versos por un gorrioncillo caído, son perversos, son sapos vanidosos hasta dar vergüenza ajena, indolentes, quisquillosos, malvados, envidiosos, maquiavélicos, cuidadores de sus quintitas, confabuladores, arrastrados, e insolidarios.

Recientes catálogos de insectología han debido hacer espacio a una especie singularísima, la Repugnantia Lambículus, vulgarmente conocida como cucaracha literaria de laboriosa lengua marrón.

Para ser poeta, no basta con escribir poesía. Ni siquiera buena poesía.

Los editores a este cúmulo de cualidades negativas agregan las de estafadores y megalómanos, se sueñan emperadores o diocesillos, otorgadores la vida gloriosa o la muerte empapelada en manuscritos húmedos y polvorientos. No es que te saquen la voluntad de escribir, te la arrancan de cuajo los muy putos.

A modo meramente ilustrativo reseñaré un par de sucesos notables que me acontecieron durante estos últimos años, no haré nombres por consideraciones a quienes no ameritan ninguna.

Estoy seguro de que mis colegas tendrán varias historias similares, y yo mismo cuento con varias más, pero apenas dejaré estas dos por ser de las más recientes y por no fatigarme en la evocación de porquerías.

Completando el comentario de alguien en un foro, escribí algunas impresiones acerca de los editores. Ahí recibí un mensaje en mi casilla del facebook, de un tipo de Madrid: ¿Por qué tenía yo tan mala opinión sobre los editores? Todos no eran así. Él no era así. “¿Escribes? Mándame algo. Si eres bueno has encontrado editor”. Al cabo de unos días me dice que quiere editarme una novelita. Bien. Mañana te enviaré el contrato. Pasaron 4 meses. Hasta que me contestó y me dijo: “Mañana te envío el contrato”, y así otras dos veces con sus 4 meses respectivos, hasta que por fin, lo envió. De pronto, durante la corrección de las galeradas la comunicación volvió a cortarse. Supuestamente el libro saldría en noviembre y ya estábamos en abril. El amigo editor, que encabezaba sus cartas con Amigo Autor, ya tan siquiera leía mis correos. Se me ocurrió gastarle una broma inocente, reclamando la atención que me estaba faltando. Publiqué en su facebook un Padre Nuestro en clave editorial. No lo recuerdo exactamente, comenzaba más o menos así Padre “Huevas” –por darle un apellido al coso– que estás en el Cielo, venga a nosotros tu edición… etc./ y perdona nuestra falta de genio y errores de sintaxis/ así como nosotros perdonamos tus recalendarizaciones/ y tu falta de noticias… etc./ y concédenos Padre Huevas la edición en tapa dura para que revienten por la envidia nuestros colegas/ y líbranos del anonimato/ y del olvido tan cochino/ Amén. Ahí el tipo ofendidísimo, ultrajado en su dignidad, pues ofenderse es lo que mejor se les da a quienes están en “orsai”con respecto a el otro, me escribió diciendo que lo que yo necesitaba era un enemigo y que ya no pensaba editarme. Así de fácil pisotean tus expectativas. Así de fácil se cagan encima de tu cabeza estos patanes ordinarios que debieron de encontrar un más próspero futuro en la venta de chacinados y embutidos. Las expectativas & la ansiedad & la desilusión, todo lo apuntan en tu cuenta, y ellos siguen así, importantes señores gilipollas, tan felices, jodiendo a la gente cada vez que pueden, con su corte de aduladores pringados que les hacen creer que son los reyes del mambo. Dale unas maracas y que bailen.

Padre Huevas me tuvo entretenido dos años (durante los cuales obviamente no intenté mover la novelita), a ver si mejoraba algo en la succión de calcetines, que por lo visto no se me da muy bien.

Esta segunda historia enlaza con la primera. Un día al abrir la casilla de correos me encuentro con que había ganado un premio internacional de novela en Milán, con un jurado compuesto por varios escritores de prestigio. Enseguida me invadió una especie de angustiosa incertidumbre, ya que hacía pocos días que el Padre Huevas, por fin, me había enviado el contrato por la misma novela. Pensé que debía rechazar el premio aunque tuviera unos cuantos billetes, pues uno debe ser fiel a sus aliados, y aunque un poco remolón, el Padre Huevas era el único que hasta entonces se había fijado en mí. Lo primero, antes de dar la noticia a la gente querida fue escribirle al Padre Huevas (sí, el mismo que luego se hizo el ofendido) a ver qué debía hacer, y me contestó “para mí es una gran noticia”. Entonces me fijé si había un premio en metálico, pero no, el premio consistía en la traducción, y una edición de 1000 ejemplares esparcidos en distintos puntos de Italia.

El editor, nacido al oriente de estas pampas, me comunica que él mismo va a ocuparse de la traducción al italiano, que la otra tenía tanto slang, que para él era todo un desafío. Le digo lo de la edición en España, pues lo correcto era poner en conocimiento a ambas partes, y me responde “nosotros adquirimos los derechos para el idioma italiano, lo que hagas después es tu problema”. “Tu problema”, me chirrió, me sonó algo áspero, pero no había motivos, quizás estaba yo muy susceptible con estos editorzuelos del carajo y todo se los tomaba a mal.

Tuve un intermezzo feliz hasta que recibí la traducción, y di comienzo a la lectura. Un espanto. Para el tipo traducir era explicar los chistes. Dispensaba a mano suelta palabrotas, malinterpretaba y trasfiguraba el sentido de todas las cosas. Amén de tantas otras materias que debió copiarse cuando aprobó Traducción Uno.

A sabiendas de cómo andan de inflamados los egos en la presente atmósfera, como el zorrito del I-Ching que camina por el lago congelado, con delicadeza extremísima, le iba apuntando las objeciones. Al tercer mail recibí una amenaza, “ya bastante trabajo me he tomado contigo, he trabajado más que cuando traduje a Ernesto Cardenal (y un largo listado de víctimas) esto se queda así, decime qué querés hacer, no vamos a publicar algo que no te gusta.”

“Así nomás. Ya la felicidad se había transformado en angustia. En lo que pudiera debía luchar por mejorar esa horrible traducción, y se la peleé hasta el final. Guardaba los mails que le enviaba y los que recibía en respuesta, ¿acaso era yo que alucinaba, o el muy pendejo del culo destilaba mala leche?, ¿había algo de ofensivo, de irritante, algo que pudiese ser tomado a mal en mis cartas, para que dieran pie a respuestas semejantes? Se los dí a leer a otras personas, incluso a mi tío “Negro”, de más de ochenta años quien con la prestancia y aplomo que da la edad, me dijo: ¡Qué miserable, a este tipo hay que cagarlo bien a trompadas!

Sin valor para rechazarla, acepté la edición, sin alegría.

Sin embargo, este Virgilio charrúa, jamás me perdonó que lo pusiera de cara a sus limitaciones: me bloqueó el facebook, promocionó todos los libros de la editorial menos el mío, y ni lo distribuyó, y apenas habrá tirado unos 20 ejemplares de los 1000 que debía editar de acuerdo a lo establecido en las bases del concurso.

Luego, amigos italianos me apuntan que además tenía errores básicos de ortografía, cosa que no me sorprendió, pues veía cumplirse la regla: en este oficio la soberbia es proporcional a la mediocridad. También me envió un contrato, de papel higiénico, total, agarrá el contrato y andá a reclamarle a Magoya. El contrato solo les sirve a ellos para cubrirse de cualquier cosa, y para ver de sacarte tajada en caso de que la suerte pudiera sonreírte por otro lado.

CONCLUSIONES SIN FIN

El babeante egoísmo de los escribas pareciera ser el principal obstáculo para la creación de un SINDICATO que defienda nuestros derechos laborales, en el supuesto de que alguno debemos tener, y ponerle freno a la prepotencia y abuso editorial. De salir de este estado de indefensión absoluta. Amigos, compañeros poetas-escritores, debemos entender al talento ajeno como algo que nos nutre, que al incorporarse en nuestro propio imaginario brotará luego reformulado en algo divertido e interesante; pero cuando como sucede, un artista, a quien la infame maquinaria le ha inoculado el asqueroso germen de la competencia en su lustroso cerebro, percibe el talento de sus colegas como una amenaza, desciende por el sendero de la mediocridad para convertirse en un ser rotundamente asqueroso. Esos que detallaba apenas un poco más arriba.

Ahora bien, un poeta, aunque esté vivo, no es un enemigo, no es un adversario, no es alguien a quien debemos degollar con nuestra filosa pluma para que aprenda a respetar nuestra bien ganada jerarquía, ni tampoco un ser superior, ni superior a un albañil o un panadero, sino un semejante, un obrero de la palabra, cuyo oficio no le sirve para ganarse el pan y que debe remarla más que el resto para sobrellevar una vida medianamente digna. Nada de qué presumir. Si no aprendemos a respetarnos y a querernos, si no nos aceptamos como pares, como hermanos semejantes y distintos, y si no hacemos piña para defendemos, un scrum como en el rugby, seguirán haciendo de nosotros la puta de Babilonia, y ya entonces la construcción de un GREMIO será tan inalcanzable como el ojo de Goliath para un David sin honda, ni piedras y en pelota viva. Sin unidad no habrá conquistas. El atropello sufrido por un compañero escribiente debemos sentirlo como algo personal y no alzarnos de hombros por el pánico a que si nos rebelamos contra lo injusto, el diocesillo-editor hará una pelota con nuestro sudado manuscrito y lo echará a rodar de una patada.

Pues habrá que salir en busca de editores decentes, tarea tan ardua como encontrar nazis decentes, o un anillo que se nos escapó del dedo al bañarnos en el mar. Y si no, crear nuestras cooperativas de edición, pero algo habrá que hacer, y pronto, “¿no os parece?”